Sobre Nicanor Plaza, los viajes y la brujerías...



He descubierto otro adminículo para viajar en el tiempo: los bustos de mármol.

La verdad es que, entre las muchas opciones con que contamos hoy en día para llevar a cabo nuestros viajes intertemporales, las esculturas habían pasado, hasta el momento, desapercibidas para mí. Pero además del ámbito cronológico propiamente tal, tienen una ventaja frente a otros métodos como los ya conocidos edificios antiguos o los objetos de antaño: es como si por un embrujo o por arte de magia, alguien hubiera condenado a ciertas personas a habitar sus propios bustos de mármol o de bronce, eternamente…Y no, no son como las cabezas enfrascadas de Futurama...

Si alguien no me cree, simplemente haga la prueba. Eso si que no cualquier busto sirve. Todo depende de la capacidad de impresión del viajero y de los materiales y calidad del adminículo. Yo he podido comprobar que los de mármol o bronce elaborados en base a modelos vivos funcionan mejor que los de yeso, arcilla o madera. Pero bueno, simplemente párese frente al busto, mírelo directamente a los ojos y cuando éste comience a moverse o a hablarle, se dará cuenta de lo que le estoy diciendo.

Ahora bien ¿Qué pasa con los escultores? ¿Son artistas, científicos o brujos? Cabe destacar que todo este descubrimiento sobre las capacidades viajeras del mármol esculpido, fue porque fui a la exposición de Nicanor Plaza en el Bellas Artes ¿Habrá sido, quizás, Nicanor Plaza un brujo encubierto? Y es que todo este rollo no se me viene a la cabeza por cualquier razón.

Lo primero que uno ve cuando entra a la muestra, es una serie de figurillas que enseñan el proceso de construcción, desde su origen más metálico y cubista, de una de las obras escultóricas más representativas de las Bellas Artes criollas y del identitario nacional: El Último de los Mohicanos.

Sí, leyó bien. El último de los mohicanos. El mismo que podemos encontrar en la Universidad del Bío-Bío, en el Club Hípico, en la plaza de Rengo y, como no, en el cerro Santa Lucía. La historia es más o menos así: Nicanor Plaza, a los 19 años, se gana una beca para continuar sus estudios de escultura en l’Ecole des Beaux-Arts de París. Estando allá comienza a trabajar en una escultura que representara al legendario personaje de James Fenimore Cooper, el último de los mohicanos, para un concurso en Estados Unidos, pero lamentablemente la pieza no fue considerada y decide presentar el mismo modelo, esta vez en yeso, en el salón de París de 1868, pero con el nombre de Caupolicán. Luego, en 1872, en la Exposición Nacional de Artes e Industrias realizada acá en Santiago, donde también se presentó el nuevo edificio del Mercado Central, la escultura en bronce gana la medalla del primer lugar.

Es así que el último de los mohicanos francés, rechazado por los gringos, navega hasta el lejano Chile en donde, convertido en Caupolicán es admirado, multiplicado y colocado en uno de los peñascos del Santa Lucía desde donde observa, con esa rabia de mapuche indómito que el mismo se inventó, como el valle del Mapocho desaparece bajo una nube de suciedad y egoísmo.

Por muy araucano estadounidense que sea, el Caupolicán mohicano, tuvo también un modelo vivo, como los bustos que el mismo Plaza esculpió y que también están dentro de esta exposición. Un modelo que tuvo que quedarse quieto durante horas, mientras el artista hacía lo propio con los cinceles y los punteros. Me preguntó quién habrá sido. Y cómo habrá sido ¿Francés? ¿Italiano? ¿Moreno? ¿Blanco? ¿Lo habrá dejado Plaza atrapado dentro del bronce?








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