SOBRE EL ARTE Y LA CULTURA

Claramente una cosa no elimina otra cosa



¿Para qué sirve el arte y la cultura? Hay dos formas de responder esa pregunta. Una concreta y otra metafísica pero no por eso menos real.

Para la concreta cabe recordar lo siguiente: leí por ahí que el arte es parte de la vida, de lo que somos, de cómo nos definimos y cómo nos significamos y que la cultura son todas las formas de vida y expresiones de una sociedad determinada. A la cultura podemos entenderla como la palabra que engloba las diferentes expresiones artísticas, entonces hablamos de expresiones, centros, festivales culturales para referirnos a todos esos núcleos de actividades relacionadas con el arte. Entendamos, para este caso, arte y cultura como un mismo concepto.

Bajo esos aspectos, se puede entender que arte y cultura van intrínsecamente ligados pues no hay arte sin cultura ni cultura sin arte y que la labor de ésta es la de enaltecer al hombre dentro de su humanidad, es decir, hacerlo conocedor del mundo en que vive, ayudarlo a relacionarse con los otros, otorgarle conocimiento, capacidad, enseñarlo y educarlo. ¿Qué mejor escuela que la del arte? Ella nos hace más susceptibles a todo, nos hace sincronizarnos con el mundo interno de los demás, de otras sociedades, de otras culturas, nos educa en y para la vida, nos expresa, nos da la capacidad de emitir opinión desde una forma diferente, nos enriquece el alma. Aquí entonces viene su significado metafísico.

Podríamos pensar al arte como un dios superior que tiene la responsabilidad de mantener el equilibrio del planeta. Si no existiera, nos habríamos hundido hace rato en la oscuridad y la miseria, pero no. Él nos comprende y desde su forma loca nos enseña a ver el mundo que nosotros mismos elegimos, el mundo que nosotros mismos transformamos, nos abre los ojos, a veces de forma cariñosa y otras, violento y perturbador, y nos toma de la mano para no caer en el abismo.

Para hacer arte necesitamos cojones, honestidad y deseos de cambiar al mundo (cosas que no siempre están en algunas mal llamadas “obras de arte”). Para expandir nuestro arte, para compartirlo, y para hinchar aún más nuestra cultura parece inevitable, a veces, la ayuda en la difusión y creación del mismo así como también para traer otros artes y otras culturas a nuestro suelo. Ahí entra a jugar el rol del gobierno.

Tomo por ejemplo actividades culturales como la Pequeña Gigante o Plácido Domingo cantando en la Plaza de Armas o la construcción de espacios como el Parque de las Esculturas. Este tipo de cosas ayudan a mejorar la calidad de vida de las personas pero no serían posibles sin una economía destinada en parte a esos tópicos específicos y me parece increíble que un gobierno salve por lo menos con procurar cultura y arte para su pueblo, a la vez que a través de tratados internacionales podamos disfrutar de artes venidos de diferentes partes del mundo. También una responsabilidad de la economía es la de servir de mecenas para los artistas. Difundir la cultura, crear bibliotecas, museos, espacios de conocimientos que a la vez, harán más completos a los ciudadanos que se encargarán en un futuro o en el mismo presente de armar y hacer andar este país. Es un negocio redondo. No hay por dónde perderse. Pero existe una paradoja.

Si tomamos en cuenta todo lo dicho anteriormente: el acceso al arte, cultura y espectáculos debiera ser gratuito. Obvio. Cómo restringir algo que es de todos, un derecho humano. Sin embargo si todo fuera gratuito, en las condiciones en que vivimos hoy en nuestro país ¿de qué comerían los que procuran ese arte? Porque el artista, a parte de ser una especie de templario también es un profesional que provee de un servicio y que por lo tanto necesita ser recompensado por eso. Raro ¿no?

En un escenario ideal deberíamos tener todas las puertas abiertas para hacer nuestro arte sin ningún costo y que sin ningún costo todos tuvieran acceso a el. Seríamos totalmente completos. Pero las sociedades no funcionan de esa manera y aunque un porcentaje está dentro de esa gratuidad, el resto debe pelear y dar la batalla para conseguir patrocinios y luego, poder lucrar de eso y seguir creando y también sobreviviendo. El Hombre no es perfecto.

Y dentro de todo este universo artístico cultural el teatro juega un papel excepcional pues lentamente se abre camino casi solo entre el desdén del Hombre actual que muchas veces no le interesa más que su propio bienestar express, en una vida desechable y fugaz como la que se vive hoy en día. Entonces, cuando valientemente el Hombre se detiene en su camino y se da un pequeño espacio para ir al teatro queda totalmente deslumbrado por ser recipiente de un conocimiento que antes no tenía, de una nueva visión del mundo o se cierra para siempre porque no le gustó que le abrieran los ojos de una forma tan vil para él mismo. Como sea, tras una experiencia teatral, el Hombre aprende. Aprende a entender que no todo está perdido, que él también puede hacer historia ayudando a este Bien Supremo en su lucha por remediar los males del mundo. Aunque sea de una forma “pequeñita”, aunque sea sólo tomando conciencia. Increíble labor la del actor. Por eso no se trata de aportar al desarrollo del país desde nuestra profesión, sino al desarrollo del mundo entero, aunque sí, es verdad… siempre se parte por uno mismo.

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